Centrar-te
Mientras las aguas sigan divididas, mientras la polarización sea la que dicte las reglas del juego, las cosas no solo seguirán igual: se pondrán peor. Hoy observamos el mundo a través de un prisma binario, forzados a elegir un lado del muro para poder existir. Pero en esa elección, perdemos la visión de conjunto.
Miramos a nuestro alrededor y vemos que las estructuras que alguna vez nos dieron orden —la educación, los gobiernos, las fronteras— ya no organizan. O peor aún, si intentan organizar, son ellas mismas las primeras en romper sus propias reglas. Nos encontramos con una educación que no educa, un sistema de salud enfermo y fronteras que fracturan. Esta realidad de fricción constante nos empuja al antagonismo, nos ubica en lugares de separación o, lo que es más triste, de enfrentamiento.
Es curioso cómo nos aferramos a creer que la propia opinión es la única con sentido. Nos movemos en una eterna comparación: lo de antes contra lo de ahora, lo de ahora contra lo que vendrá. Se afirma algo con vehemencia, mientras que del otro lado se niega eso mismo con la misma fuerza. Y en ese choque de verdades absolutas, nos olvidamos de que dos miradas opuestas podrían convivir.
Hay tantas opiniones como habitantes en este mundo, pero casi nadie se ubica en el centro, en ese espacio de encuentro y coherencia.
La mirada desde el Advaita y la Observación
Aquí es donde la filosofía del Advaita (la no-dualidad) transforma nuestra percepción. El Advaita nos enseña que la separación es una ilusión; que el "yo" y el "otro", lo "bueno" y lo "malo", son solo fragmentos de una misma totalidad. Al practicar la observación consciente, dejamos de ser soldados de una opinión para convertirnos en testigos de la realidad.
Observar no es ser indiferente. Es tener la madurez de ver el conflicto sin ser absorbidos por él. Es entender que si mi paz depende de tener razón y de que el otro esté equivocado, entonces mi paz es frágil.
Solo cuando soltamos la urgencia de pertenecer a un bando, empezamos a pertenecer a la unidad. El desafío hoy no es ganar una discusión, sino habitar ese centro donde la coherencia nos permite ver al otro no como un antagonista, sino como parte del mismo tejido que intentamos sanar.

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