La cuenta
A veces me pregunto en qué momento nos acostumbramos a pasar de largo. Hay veces que me doy cuenta que andamos por la vida en piloto automático, tachando tareas y corriendo detrás de un reloj que nunca se cansa, cumpliendo, haciendo, en un ritmo que a veces hasta parece absurdo. En ese ruido, es muy fácil perder el rastro, olvidarnos de lo que hicimos el dia anterior porque quizas lo hicimos hasta sin darnos cuenta.
Por eso, para mí, entrar a la sala de yoga es mucho más que ir a mover el cuerpo, se que entrar a dar yoga me salva, pienso, tranquila, "termina esto que después, hay yoga" . Es el momento donde decido, finalmente, dónde voy a poner la mirada, donde voy a estar realmente conectada.
Hay algo en diciembre que se siente distinto. Diciembre tiene esa mezcla rara de cierre y pausa; es como si el mismo calendario nos pusiera el freno de mano. El solcito, ese que ya empieza a calentar de verdad, trae una renovación que no se explica. Me dan ganas de estar afuera, de tocar el pasto, de dejar que la naturaleza dicte un ritmo un poco más humano, sentir, mirar, oler, escuchar, palpitar.
En el estudio, esa energía se siente. El mat se vuelve un territorio de rescate y el salón, un restaurador de energía que me permite procesar lo sentido, lo vivido. Es el espacio donde podemos mirar, con honestidad, lo que salió bien y lo que no tanto; no para juzgar, sino para elegir a conciencia cómo queremos seguir caminando.
Me doy cuenta que, cuando salimos de la práctica con la energía renovada, que el mundo parece distinto, que freno, y se parece al mundo en el que queremos vivir, pausado, tranquilo, sereno, armonioso, huele rico, es afectuoso, abraza, inspira, calma, relaja. Ese rayito de sol que cruza el salón justo en Savasana, me da la certeza de que, a pesar de todo, hay algo en nosotros que permanece intacto y luminoso.
Al final, creo que poner la energía en cosas bonitas no es un acto de ingenuidad, sino de paciencia. Es elegir, activamente, no dejar que el agotamiento de fin de año gane la pulseada.
Me permito ese intento: el de usar mi práctica para volver a conectarme con lo que me saca una sonrisa y me hace creer que, después de todo, la vida está llena de razones para seguir intentándolo. Quizás no se trata de cambiar lo que pasa afuera, sino de cuidar ese refugio interno que nos permite habitar la realidad —con sus luces y sus sombras— mas tranquilos, conectados, y conscientes.
Por algo se dice, que Diciembre es el mes de los milagros, en que todo renace, que todo se renueva.
Diciembre es bonito.
ResponderBorrar