Elijo Creer




“Quizás el verdadero triunfo del deporte no esté solo en las medallas o las copas, sino en haber empezado a enseñarnos que la sensibilidad también es una forma de coraje.”
A veces tengo la sensación de que el deporte está visibilizando nuevas formas de relacionarnos y de comunicarnos.
En el tenis, que es el deporte que más sigo, noto cómo cada vez se habla con mayor naturalidad de salud mental, de los procesos de depresión, de las heridas que dejan el maltrato, la exigencia propia y la ajena. Durante mucho tiempo fue un ámbito que parecía hermético a estas realidades. Sin embargo, hoy son cada vez más los jugadores de alto nivel que se animan a contar sus historias, a hablar de sus emociones y a mostrar que la fortaleza también consiste en reconocer la propia vulnerabilidad.
Tampoco puedo dejar de observar cómo muchas figuras incorporan el yoga, no solo como una herramienta para mejorar su rendimiento físico, sino, sobre todo, como un espacio de regulación emocional, de presencia y de equilibrio.
Algo de esto también se hizo visible durante el Mundial. Vimos hombres hablando de terapia, de emociones, de abrir el corazón, de sentir. También los vimos llorar, abrazarse, sostenerse unos a otros sin esconder su fragilidad. Y ese gesto, que hace no tantos años hubiera sido leído como una debilidad, hoy empieza a ser reconocido como un acto de valentía. Creo que fue una transformación que nos atravesó a todos. El yoga también estuvo presente en ese escenario: varios equipos, o algunos de sus integrantes, encontraron en la práctica un lugar para volver al cuerpo, respirar y sostener la presión desde otro lugar.
En ambos escenarios —el tenis y el fútbol— vimos algo que trasciende el resultado deportivo: hombres permitiéndose sentir. Hombres llorando sin vergüenza, hablando de sus miedos, de sus procesos y de sus heridas. Y eso, para mí, es uno de los cambios culturales más importantes de este tiempo.
Escuchamos historias de superación personal y colectiva. Cada país expresó su identidad a través de sus cantos, sus bailes, su cultura y sus tradiciones. La emoción fue protagonista en cada partido, permitiéndonos ser sensibles y permeables a lo que ocurría dentro y fuera de la cancha.
Todo este movimiento me moviliza. Me hace creer aún más en lo que hacemos cada día. Porque, tarde o temprano, cuando realmente habitamos el cuerpo, terminamos haciendo espacio para la emoción. Y cuando eso sucede, también empezamos a habitar nuestra humanidad con más honestidad.
Al final del día, todo se trata de aprender a escucharnos, de darnos permiso para ser humanos, con todo lo que eso implica.
Argentina no perdió: salió segunda. Y, de alguna manera, todos ganamos. Ganamos la posibilidad de abrir el corazón, de reconocer lo que nos dolía y de descubrir que la sensibilidad no nos hace más débiles; nos hace más humanos.



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