Liberar-te

 



Si Platón viviera hoy, probablemente no necesitaría imaginar una caverna oscura para  explicar la distorsión de la realidad; solo tendría que observar a una persona frente a su  celular. 

El celular es nuestra propia caverna el lugar donde de forma voluntaria, elegimos mirar hacia una pared con luz artificial mientras el mundo verdadero sucede a nuestras espaldas.

En la alegoría clásica, los prisioneros tomaban por real lo que solo eran sombras proyectadas. 

En nuestras redes sociales sucede algo parecido, cada imagen, cada video y cada perfil es apenas una silueta, un recorte, una sombra de lo que esa persona es en su totalidad. 
Nos convencemos de que ese reflejo digital es la realidad,  olvidando que toda pantalla es, por definición, un filtro que separa nuestra consciencia de la materia, del calor humano y de la experiencia directa.
Estamos tan acostumbrados a este juego de sombras que hemos perdido la capacidad de diferenciar entre la esencia de alguien y la "sombra" que esa persona proyecta.

El celular nos mantiene en un estado de queja constante,  Sentados frente al "muro" del celular, terminamos creyendo que la realidad es inmanejable y que, frente a la magnitud de los problemas que vemos reflejados en redes, nada podemos hacer. La queja se convierte en nuestra forma de justificar la parálisis; nos anestesia y nos convence de que nuestra única función es ser espectadores críticos de un caos que sentimos ajeno.
La queja es el lenguaje de quien ha olvidado su propia capacidad de actuar.

El yoga nos enseña algo distinto. Nos invita a salir de la caverna, a romper los grilletes de la distracción y a conectar con el presente. 
El cambio no es ruidoso ni virtual; es silencioso constante y profundamente humano. Cuando te haces cargo de tu rol, de tu propósito, y dejas de entregar tu energía, recuperas tu poder.
Mientras nos quedamos atrapados en esa pared digital, afuera hay un mundo que late, que se estremece y que retumba. Es un mundo que nos reclama, que nos duele y que también nos sana.  

El yoga, nuestra práctica, es el ejercicio de salir de la caverna. Es el acto de girar el cuello, dejar de mirar la pantalla y empezar a mirar hacia afuera, hacia la luz del sol.
El cambio real no comienza con la indignación compartida en un posteo, sino con la presencia consciente en nuestro propio cuerpo y en nuestro propio territorio.

Si cada uno de nosotros decide habitar su metro cuadrado enseñando, cuidando, creando, escuchando, trabajando, la caverna pierde su poder. 

Salir y dejar de ser sombra, porque la sombra se agranda en esa caverna. 


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